HORRORES Y ERRORES EN LA CAMA

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Nuria: Sería conveniente reflejar los horrores más frecuentes que se producen en la cama.

Juan: ¿Horrores o errores?

N: Las dos cosas.

J: ¿En plan guerra de sexos?

N: No, pero la verdad es que vosotros cometéis más errores que nosotras. Eso es evidente.

J: ¿Tú crees?

N: Estoy segura. Por ejemplo, ¿Has visto tú alguna vez a una mujer hacerlo con los calcetines puestos?

J: Yo he visto de todo, pero no personalicemos… Es verdad que algunas veces en medio de la pasión se nos olvida quitárnoslos, pero vosotras tampoco sois siempre tan cuidadosas.

N: ¡No compares!

J: Mucho os molestan los calcetines, pero cuando nosotros os quitamos la falda y nos encontramos unas bragas color carne se nos cae el alma a los pies.

N: Es que hay veces que son necesarias para que no se transparenten por debajo de la ropa.

J: Justifica lo que quieras, pero si hablamos de horrores, las bragas color carne es uno de los más notables.

N: Peor es que el calzoncillo lleve algún roto, o los calcetines alguna patata. ¿Qué os cuesta comprobarlos antes de salir de casa?

J: ¿Pero tú con qué tipo de hombres te acuestas?

N: ¿No decías que no hay que personalizar?

J: Otro error-horror que habría que reflejar son los olores excesivos.

N: En eso estamos de acuerdo, pero yo en eso he tenido buena suerte. Habrán sido como hayan sido, pero los hombres a los que he conocido han sido más o menos limpios.

J: ¿Más o menos?

N: El otro día leí en algún sitio que la operación bikini de los hombres es cortarse las uñas de los pies. Con eso te lo digo todo.

J: Eso es un chiste muy tópico.

N: Si tú lo dices.

J: Yo me refería a los olores excesivos, como cuando os echáis tanto perfume que casi no se puede ni respirar. O lo de las velas.

N: ¿Qué velas?

J: Las aromáticas. Que algunas veces con ese empeño de crear un buen ambiente en la alcoba entre las velas y el incienso allí no hay quien pare.

N: ¡Qué sensible!

J: Por no hablar de vuestros “complementos”.

N: ¿Complementos?

J: Eso mismo. Te vas a la cama con una chica creyendo que es alta, que tiene el pelo largo, una noventa de pecho, una mirada profunda… y cuando se empieza a quitar cosas aparece su hermana fea.

N: ¡Qué exagerados sois los hombres! Debe ser por eso que aumentáis siempre tres o cuatro centímetros a la realidad.

J: ¿Exagerados? Entre los zapatos de plataforma, el sujetador de relleno, que cuando lo quitas no hay nada debajo, las extensiones de pelo, el maquillaje, las pestañas postizas… Vamos, que a la mañana siguiente no hay ni rastro de la chica con la que ligaste la noche anterior.

N: Y vosotros, que no dejáis el móvil ni cuando estáis en plena faena. “¡Disculpa, es que es una llamada importante!”.

J: Y vosotras con ese empeño que tenéis en hablar después de haber acabado. Si ya no hay nada que decir.

N: Eso es otro tópico.

J: Es la verdad. Como lo es también ese empeño en que nos quedemos en la habitación después de terminar.

N: ¿Y adonde tienes que ir con tanta prisa?

J: Pues a mi casa.

N: ¡¡¿¿Perdona??!!

J: Esto, eh, bueno… Quiero decir que… vamos, en general, me refiero.

N: Claro, claro.

J: En fin, todos cometemos errores.

N: ¡Y horrores!

¿CON LUZ O SIN LUZ?

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Juan: Si tengo que contestar a esa pregunta tal cual está formulada he de contestar que con luz.

Nuria: Sí, claro.

J: El problema es cuánta.

N: A mí me gusta ver, esa es la verdad.

J: Suele ser habitual en las mujeres que os gusta ver, pero no tanto ser vistas.

N: La luz cuando te da en según qué posiciones puede hacerte un destrozo.

J: ¿Perdón?

N: ¡Hombres! Si la luz viene de arriba no es lo mismo que si viene de los laterales. Eso lo sabe cualquier mujer con celulitis. Es decir, todas.

J: ¿Todas?

N: Sí, querido, todas. Todas las mayores de 16 años, me refiero. Con más o menos, pero todas las mujeres tienen algo de celulitis.

J: Creo que nos estamos yendo del tema.

N: Yo creo que no. No puede hacerse sexo bueno en completa oscuridad, pero una cama no puede estar tan iluminada como un campo de fútbol. La luz suficiente para que no se vea nada feo.

J: ¡Qué precisión! Habrá que estudiar luminotecnia para echar un polvo.

N: Lo que hay que ser es sutil. Es importante que el entorno te haga sentir cómoda y la luz es importante para lograrlo.

J: Yo creo que si te abandonas y te entregas realmente a la pasión, todo eso da igual.

N: Eso de “entregarte a la pasión” te ha quedado un poco de novela romántica antigua, pero no te lo tendré en cuenta…Y es eso precisamente lo que quería decir, que para entregarte totalmente a la pasión, como tú dices, tienes que estar cómoda. Y las mujeres no estamos cómodas si nos sentimos feas.

J: ¿Y los colores? ¿Te gustan las luces de colores?

N: No mucho, si te soy sincera.

J: A mí me ponen las bombillas rojas.

N: Eres un hortera.

J: Lo reconozco, a veces no puedo evitarlo.

N: A mí como más me gusta es una habitación a oscuras y que la luz de la ciudad entre por la ventana.

J: Lateralmente, claro. Y con la intensidad precisa, ni más ni menos. No sea que se te vea algún grano que te afee.

N: No me vaciles.

J: Es que me lo pones demasiado fácil.

N: Y lo dice el que le gusta hacerlo en una habitación con la luz roja.

J: Pregunta ya a la gente y verás.

N: Pues eso, estáis tardando en escribir vuestros comentarios. ¿Con luz o sin luz? ¿Mucha o poca? ¿Roja o blanca?…

L: ¿Lateral o desde arriba?, ¡jajaja!

N: No le hagáis ni caso.

¿HACEMOS UN TRÍO?

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Antes de emprender cualquier acción hay que valorar los inconvenientes, pero tampoco hay que recrearse en ellos pues corres el riesgo de no hacer nada nunca. Las cosas hay que pensarlas dos veces, sí, pero como las pienses tres ya no las haces. También pasa esto en el sexo. Hay fantasías que posiblemente no sean realizables nunca. Acostarse con Scarlett Johansson o que Clive Owen te posea salvajemente un hotel de lujo en Nueva York son cosas que apetecen, pero que no son fáciles de realizar salvo en la imaginación. Sin embargo, hay otras fantasías que tenemos todos, que tampoco son sencillas, pero que si ahí están lo mejor es hacerles caso. Hablemos de una de las más recurrentes: hacer un trío.
Dicen que hubo una vez alguien que conoció a alguien que era primo de uno que dice que se encontró a un hombre al que nunca se le pasó por la imaginación hacer un trío con dos mujeres guapas. Por su parte, mujeres que no tuvieran jamás esa fantasía -con hombres u otras mujeres- se han encontrado algunas más, no demasiadas, pero después de alguna insistencia en forma de preguntas: “¿Pero nunca, nunca? o ¿Estás segura?”, acabaron reconociendo que alguna vez sí que lo pensaron. O dos. O tres…
Es posible hacer un trío entre tres desconocidos, pero es infrecuente. Si ya es difícil ligar con alguien que te guste cualquier noche, lo de ligar con dos parece tarea imposible. Hay otra posibilidad, entre gente muy joven habitualmente, que los tres participantes sean amigos con ganas de experimentar, sin que haya entre ellos compromiso alguno. Tampoco es lo más habitual y cuando sucede, lo dicho, suele ser entre los más jóvenes.

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El trío más generalizado es ese que forman una pareja y alguien “invitado”. Hay parejas de lesbianas, nosotros conocemos a alguna, que de vez en cuando invitan a un hombre a participar, imaginaos qué suerte la del tipo. No conocemos a ninguna de gays que inviten a una mujer, pero seguro que alguna habrá. No sabemos…
Lo más normal es una pareja hetero que quiera introducir otro elemento. Ese es el primer problema de la fantasía: ¿invitamos a un hombre o una mujer? El miembro masculino de la pareja lo tendría muy claro, pero el femenino a lo mejor no. Es posible y bastante normal que lo del trío apetezca, pero cuando hemos de decidir con quién la cosa se complica. El problema fundamental es, como no, los celos. Ver disfrutar a tu pareja con alguien que no eres tú suele impactar bastante y no se tolera fácilmente. Y si ese alguien se parece, por continuar con los mismos ejemplos, a Scarlett Johansson o Clive Owen puede que la comparación te haga venirte abajo. Literalmente.
Son inconvenientes, es verdad, esos que hay que pensar dos veces antes de dar el paso hacia delante y que resulte siendo un desastre. Eso sí, un trío puede tener muchas ventajas. Además de las evidentes, el morbo, el placer, salir de la rutina, lo prohibido, lo desconocido… Nos referimos a la complicidad que muchas veces aporta a la pareja el haberlo hecho… Eso dicen.
Y vosotros ¿lo habéis hecho alguna vez? ¿Salió bien o fue un desastre? ¿Con un chico o con una chica? ¿Habéis repetido? ¿Os lo habéis pensado? ¿Os lo han propuesto?…
¿Hacemos un trío?… Nosotros ya somos dos.

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¿COMUNICACIÓN INTELIGENTE?

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Ninguno de los dos somos nostálgicos. En eso sí coincidimos. Creemos como máxima de vida, como manera de estar en el mundo, que lo mejor siempre está por llegar. No pensamos, por tanto, que cualquier tiempo pasado fuera mejor. Al contrario. Y aunque así fuese, qué más daría, ya que los tiempos que fueron ya nunca serán. Lo mejor es vivir éstos tal cual son. Eso sí, hay aspectos de esta época que no dejan de sorprendernos y hasta preocuparnos, como la manera que tienen los adolescentes y jóvenes de relacionarse a través de sus teléfonos móviles. Hasta en el término andamos un poco anticuados, pero es que eso de smartphone nos suena un poco lejano. La traducción sería “teléfono inteligente”, pero ¿es realmente inteligente está nueva forma de comunicarse?
Se llame como se llame el telefonito, los adolescentes y los que ya no lo son tanto parecen tener una parte de sus vidas ahí dentro. Nuestro hijo mayor es todavía muy pequeño, pero cerca de cumplir los once años, y aun teniendo muy restringido el tiempo para utilizar el móvil, observamos que la comunicación con algunos de sus amigos es a través de mensajes escritos. Muy inocente todo, pero ya no necesita como nosotros acercarse a la casa de algún amigo para proponerle jugar. Basta con un mensaje para saber si van a verse o no. Y, posiblemente lo peor, sea que se cuenten lo que tengan que contarse a través del móvil y que no lleguen a verse.
Nos cuentan padres y madres de chicos entre los 13 y los 18 años que con esas edades la relación con este aparato comienza a ser bastante preocupante. No nos referimos sólo a que tengan cierta adicción a estar permanentemente pegados a la pantallita, sino que la vida parece transcurrir sólo a través de ella. Una madre nos contaba el otro día que sus hijas se arreglan y salen con las amigas para después hacerse fotos y colgarlas en Facebook. Tienen que mostrarse allí porque de no haber constancia de esa diversión, ésta parece no haber existido. Otra amiga con hijas entre los 14 y 16 años nos decía que éstas le contaban que algunos chicos eran verdaderamente extrovertidos y hasta brillantes comunicándose a través de mensajes escritos, pero que en persona parecían torpes y desde luego incapaces de seducir con la más mínima habilidad. Puede que sean casos extremos y que finalmente todo haya cambiado menos de lo que parece. No estamos seguros, pero sería muy triste que la pantalla del móvil sustituyera en algún momento el placer de tocarse, de besarse, de sudar, de olerse, de mojarse juntos. Puede que para nosotros sea demasiado tarde para entender esta nueva forma de comunicación exclusivamente virtual y pronto (todavía nuestros hijos son pequeños) para conocer con detalle de primera mano esta realidad.
Por eso nos gustaría saber vuestra opinión si sois jóvenes o padres y madres de jóvenes. ¿Se comunican de forma tan distinta a como lo hacíamos nosotros? ¿Están, estáis, realmente tan “enganchados” a vuestro teléfono? ¿Creéis los padres que vuestras hijas o hijos están más lejos de vosotros por culpa del móvil? Queremos saber si realmente este fenómeno es preocupante o es simplemente una manera distinta, pero sana, de comunicarse. ¿Qué opináis?

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¿PUEDO QUEDAR CON MI EX?

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JUAN: Es un debate demasiado antiguo. Mi opinión es que lo que ha terminado es mejor no removerlo. Tan simple como eso. No creo que se quede con un ex para tomar un café de manera natural sin que haya ningún otro trasfondo. Yo no me lo creo.

NURIA: ¿Trasfondo? No entiendo por qué motivo dos personas que se han querido no pueden seguir teniendo una relación de amistad sin que haya ninguna otra segunda intención. No comprendo por qué te parece mal.

J: Perdona, pero no sé dónde has leído que a mí me parezca mal. Yo no juzgo a nadie y me parece estupendo que cada cual haga lo que le parezca. Lo que sí opino es que una relación que fue de una forma no puede ser después de otra distinta. Hay veces que nos queremos hacer los `guays` y nos olvidamos de que siempre existirá algo más entre esas dos personas de lo que existiría si sólo hubieran sido amigos.

N: Hay veces en las que estamos de acuerdo y otras en las que tenemos alguna diferencia, pero es que en esta ocasión estoy radicalmente en contra de tu planteamiento. Las relaciones pueden acabarse y dejar de existir ningún deseo. Sin embargo, no tiene por qué perderse todo lo bueno que te unió a esa persona.

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J: Eso está muy bien como teoría, pero contéstame a esta pregunta. ¿Si quedas con un ex tardas en arreglarte lo mismo que si quedas con una amiga a tomar un café? ¿Te vestirías igual? ¿Le darías la misma importancia a estar guapa? Sé honesta en la respuesta, por favor.

N: Seguramente no, pero no creo que eso tenga nada que ver.

J: Si dices que un ex es como una amiga más, por qué te vistes de manera diferente cuando quedas para charlar.

N: Me vas a disculpar, pero ese argumento me parece una simpleza. Yo no siempre me visto igual, puedo “producirme” más o menos sin que eso obedezca a que haya ningunas segundas intenciones.

J: Eso es lo que tú te crees, pero no es así.

N: Es el colmo. Ahora interpretas mi subconsciente.

J: El tuyo no, el de todo el mundo. Insisto en que no me parece ni bien, ni mal. Repito que no juzgo comportamientos, pero creo que una relación de amistad con un ex es poco natural.

N: Pues yo insisto y repito que estoy radicalmente en contra de esa teoría. A mí lo que no me parece natural es romper una relación de pareja y que no pueda mantenerse una amistad.

J: Pues como siempre, dejemos que los lectores opinen. Preguntemos entonces.

N: ¿Te ves con tu ex? ¿Te importaría que tu pareja lo hiciese? ¿Crees que hay algo de morbo en esas citas? ¿Puede existir simplemente una amistad sin ninguna otra intención?…

J: Y por favor, contestad la verdad y no lo que quede bien.

N: Que empiece el debate.

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RETROCEDIENDO

Cada generación tiende a pensar que descubre cosas que sus padres o abuelos desconocían. Somos así, nos creemos que cada día inventamos algo nuevo, incluso que somos más valientes y transgresores de lo que fueron nuestros mayores. Especialmente en esto del sexo. Nos cuesta imaginarnos a nuestros padres, nos da pudor pensar en ellos viviendo pasiones desatadas, desenfreno, sexo salvaje, experiencias sexuales sin límites. Es normal, tus padres son tus padres y esas cosas no les corresponden. Lo obviamos, no pensamos en ello y está bien que así sea, aunque sepamos que no es así.
Para hablar de sexo es mejor no personalizar, sobre todo, si te toca de cerca. Así que hablemos de manera más genérica. A nosotros nos da la sensación de que cada vez somos más conservadores, más retrógrados y más recatados, aunque pueda parecer todo lo contrario. Nos referimos especialmente al tratamiento del sexo en los medios de comunicación. En esto nos parece evidente que hemos desandado el camino que se comenzó en la tele en los años 80 y 90. No queremos personalizar, pero los que tenemos algunos años y llevamos otros tantos cerca de los medios creemos que más que avanzar hemos retrocedido. Hay algunos ejemplos que no son más que eso, pero que pueden ser significativos. A estas alturas seguimos gastando bromas en radio en las que se pretende “pillar” a tu chico o chica en una infidelidad. ¡Menuda gracia, muchachos! Seguimos hablando de una absurda guerra de sexos entre hombres y mujeres, donde los roles son ofensivos, especialmente para la mujer. Lo de siempre, en ellas la contención es una virtud y en ellos la promiscuidad sinónimo triunfo. Así sigue siendo como trasfondo, aunque nos creamos muy modernos porque en una serie salgan los actores enseñando el culo. Los mensajes que se dan en radio y televisión en el entretenimiento, especialmente para los más jóvenes, es muy conservadora. Claro que hay excepciones, pero son eso, excepciones. Incluso en el cine, el español sobre todo, somos menos valientes. De los programas del corazón mejor no hablar, especialmente de esos que van de educados, de no meterse con nadie que emite la televisión pública y cuyas informaciones al hablar de cualquier pareja son de lo más reaccionario. Nos parece que los medios tienen cierta responsabilidad a la hora de no establecer dogmas sobre lo que está bien o mal en esto del sexo o en las relaciones. Más que avanzar, retrocedemos en el mensaje y lo peor es que parece lo contrario.
Lo dicho, somos transgresores de salón, de pose. Nos creemos lo más de la modernidad, porque los post adolescentes salen duchándose en las series y las presentadoras llevan la falda muy corta y las tetas en el cuello. Vaya avance.

¿A QUÉ HORA OS GUSTA MÁS?

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El sexo no es siempre lo mismo, ni siquiera en el nombre: practicar sexo, hacer el amor, follar, echar un polvo, acostarse… Cada uno lo llama de una manera porque no siempre nos referimos a lo mismo, aunque todo sea sexo. A veces es rutinario, otras sorprendente, muchas veces rápido, otras salvaje, frustrante, placentero, buenísimo, inolvidable, vulgar, malo, sucio, de pie, suave, sentados, doloroso, duradero, bonito, tumbados, furtivo… El sexo puede ser tan distinto como las personas que lo practican, incluso cuando es en solitario, que, como decía Woody Allen, en realidad es hacerlo con la persona a la que más se ama.
Una de las características que más diferencia el sexo es la hora a la que se practica. Puede que no sea un aspecto trascendental, pero no es lo mismo la mañana, que la tarde, que la noche, que la madrugada… Hablemos sobre esto porque coincidiereis que nada tiene que ver una relación recién despertados con otra tras una fiesta con copas a las cuatro de la madrugada. O ese, aquí te pillo aquí te mato, después de una sobremesa en la que ha habido vino, que esa de sábado por la noche en la que hay más previsión que sorpresa. No hay una hora mejor que otra, porque si se coincide en el deseo cualquier momento puede ser inmejorable. Eso sí, el sexo puede ser muy distinto.

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Reflexionemos. El polvo de después del aperitivo con más cervezas de la cuenta suele ser tan rápido como morboso; el de la siesta suele ser gustoso sin muchas alharacas. El de la noche más previsible, aunque la predisposición muchas veces es garantía de éxito. El de la mañana tiene la característica de ir de menos a más, como casi todas las cosas buenas de la vida. El de a partir de las tres de la mañana es casi siempre el más salvaje por la desinhibición que acompaña siempre a la madrugada… Sí, lo más importante es la persona, posiblemente también el sitio, pero la hora a la que se practique sexo también diferencia unas relaciones de otras. ¿O no? Es lo que os planteamos hoy, ¿A qué hora os gusta más? ¿Qué ventajas o inconvenientes, si los hay, tiene una hora u otra? ¿Os apetece siempre a la misma hora?… Queremos saber vuestra opinión y vuestros gustos. Esperamos comentarios.

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OTRO IDIOMA

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JUAN: No es que los hombres no os entendamos, es que no os explicáis. Vuestro diccionario no es el mismo, creo que aprendisteis un idioma distinto en algunas clases extraescolares mientras nosotros estábamos jugando al fútbol.

NURIA: ¿De qué hablas?

J: Que vosotras, cuando nos preguntáis algo no queréis saber nuestra opinión, queréis que os digamos lo que queréis oír. Si tú me enseñas un vestido y me preguntas: “¿Te gusta?”. Yo debería poder contestar sí o no. Sin embargo, la única respuesta que admitís es un sí. Por eso digo que las mujeres tenéis una forma de comunicación distinta a la nuestra.

N: La mayor parte de argumentos que empleas en los post de El 2 Doble, -cuando no estás de acuerdo conmigo, claro- son tópicos. Tópicos tan manidos que me los sé de memoria antes de que los escribas.

J: Que algo sea un tópico no quiere decir que no sea cierto.

N: Ahora dirás la tontería esa de que las mujeres cuando decimos no, queremos decir sí.

J: Si tú lo dices… Pero no, iba a decir que hay preguntas aún peores que la de “¿Te gusta?” Como por ejemplo. “¿Qué tal me queda?” Cuando preguntáis eso nos echamos a temblar.

N: ¿Por qué? Es una pregunta muy sencilla.

J: Porque no podemos decir la verdad. Si decimos que nos encanta os pensáis que lo hacemos para contentaros y si decimos que no… Dios nos libre de decir que algo no os queda bien. Una vez te estabas probando unos pantalones en una tienda, me preguntaste si te quedaban bien, yo conteste que no mucho y tu me dijiste que te estaba llamando gorda. Así fue.

N: Yo no me acuerdo de eso. Pero hablando de decir una cosa cuando en realidad se quiere decir otra, vosotros, por lo menos tú, sois iguales.

J: ¿Yo?

N: Tú llegas y dices: “He visto una bicicleta que me ha encantado y que me vendría fenomenal para el triatlón, pero no me la voy a comprar porque es muy cara”. ¡Ya!, a la semana está en casa la puñetera bicicleta. ¿No era tan cara?

J: Mujer es que la necesitaba.

N: Y lo mismo con el neopreno para nadar y las zapatillas para correr y el casco para la bici, que también era muy caro, y a los tres días ya estaba en casa.

J: ¿¡No querrás que vaya sin casco!?

N: Además, con el triatlón ese que estás haciendo, no vamos a caber en casa con tanto trasto.

J: No digas “el triatlón ese” así con ese tono.

N: ¿Qué tono?

J: Esa es otra cosa que os diferencia de nosotros, el tono con el que decís las cosas. Si yo te pregunto qué te parece que me vaya el domingo con mis amigos a jugar al fútbol, quiero que me contestes bien o mal, pero vosotras no os limitáis a eso.

N: ¿No?

J: No. Vosotras, tú al menos, dices: “Vete si quieres, pero tú sabrás…” Y ahí lo dejáis, arrastrando la ese hasta el infinito.

N: ¿Y qué quieres que te diga? En el fondo somos iguales. Si te digo que no me parece bien que te vayas a jugar al fútbol un domingo dejándome a mí sola con los niños en casa, te enfadarías.

J: No somos iguales. Yo prefiero que me digas la verdad, sin embargo tú no soportaste que te dijera que aquel pantalón te hacía gorda.

N: ¿¡Ves como era eso lo que me querías decir!? Tú mismo te has delatado.

J: Mujer, gorda no, porque gorda no estás, pero no te sentaban bien. Esa es la verdad.

N: No es cuestión de sexo. Vosotros y nosotras no siempre decimos lo que queremos decir.

J: Un mundo donde siempre dijéramos lo que pensamos sería inhabitable.

N: En una de nuestras novelas escribimos que la verdad estaba sobrevalorada.

J: Es verdad. Lo escribí yo.

N: Perdona, pero fui yo.

J: La verdad está sobrevalorada, así que debiste escribirlo tú.

N: ¿Qué quieres decir con eso?

J: Piénsalo.

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¿CUMPLIMOS LOS AÑOS DE LA MISMA FORMA?

Ayer una lectora nos dio una idea para el siguiente post de Grazia, este que estáis leyendo. Ella se preguntaba sobre las diferencias entre hombres y mujeres a la hora de afrontar el hacerse mayores. La primera reflexión que se nos ocurre es que depende de la persona, independientemente de su sexo. Sin embargo, puede que la respuesta no sea tan sencilla y haya diferencias entre las unas y los otros.

¿Vivimos de la misma manera el paso de los años? Quizá no. Cuando llegamos a eso que se llama “mediana edad” hombres y mujeres afrontamos la segunda mitad de nuestras vidas con algunas diferencias, muchas tienen algo de tópico, y la mayoría son matices sin demasiada importancia. Un hombre de cincuenta años, con dinero, se compra una moto y pretende que una chica la mitad de años más joven se enamore de él. Incluso, puede llegar a creer que esto puede suceder gracias a su físico o inteligencia. Una mujer de la misma edad posiblemente busque independencia y aunque le apetezca, claro, un revolcón con alguien de 25, no suele engañarse a sí misma con tanta facilidad.

Para los más susceptibles, vaya por delante que es posible que una persona joven se enamore realmente de una que le doble la edad, pero es innegable también que esto no suele ser lo habitual.

Dover Harbour

Posiblemente os estéis preguntando a estas alturas si los dos estamos de acuerdo en el post de hoy. Sí, en general, creemos que los errores que cometemos hombres y mujeres al hacernos mayores son los mismos. Eso sí, con pequeñas diferencias. El principal error es no asumir el paso de los años.

Tenemos la edad que tenemos y, aunque la genética nos trate de manera más o menos favorable, la misma edad que pone en el carné es la que solemos aparentar. Es bueno cuidarse, naturalmente, pero todavía no se ha inventado la pócima que nos haga parecer más jóvenes. Y si apareciese también sería cuestionable la conveniencia de tomarla. Un poco más la mujeres, pero cada vez más los hombres, pasan por el quirófano para “estirarse” y quitarse las arrugas con la intención de parecer más jóvenes. Algo que parece lo mismo, pero que no tiene nada que ver.

No tener arrugas por que te las hayan eliminado con un lifting no significa parecer más joven. No te engañes: Si tienes 60 años y no te has operado aparentarás ser una persona de 60 años; si tienes 60 años y te has operado aparentarás ser una persona de 60 años operada.

Asumamos que la juventud es un valor asociado con a la belleza, pero la madurez no tiene por qué estar asociada a lo contrario.

Los quirófanos, en nuestra opinión son un error, como también lo son en algunos casos los gimnasios o las dietas. Lo son física y psicológicamente porque pretendemos ser los que fuimos o, en algunos casos, los que soñamos haber sido. Ellos al gimnasio y ellas con las dietas (a veces al revés o de las dos formas) pretendemos moldear nuestros cuerpos cuarentones, cincuentones o sesentones como si fuéramos adolescentes sin celulítis, las tetas allí arriba o los cuadrados en los abdominales. No, esto no es así, porque no puede ser así. Hay personas que más que un régimen, un gimnasio o una dieta, lo que necesitan es un buen psiquiatra que les ayude a ver la realidad tal cual es.

Hay más ejemplos, algunos rayando el patetismo, como esos labios de silicona imposibles que se ponen algunas o los peluquines de algunos. Y todo para parecer lo que no eres, cuando en realidad a nadie puedes engañar porque salta a la vista tu vista cansada.
Que no parezca que este post es un canto al abandono, a estar gordo o fea, nada más lejos de nuestra opinión. Hay que cuidarse, mantenerse bien, sentirse guapo y deseable, delgada y bella, pero 20 años son 20 años; 50 son 50 y tú tienes los que tienes. Hombres y mujeres en eso somos idénticos: Cada año cumplimos uno más.

PERO…A QUIÉN QUERÉIS GUSTAR?

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JUAN: Las mujeres entre vosotras manejáis unos códigos que no tienen nada que ver con los que nosotros tenemos en cuenta a la hora de provocar nuestra atención. De gustarnos, en definitiva. Quiero explicarme, porque me parece que estáis un poco desorientadas. Creo que las mujeres estáis demasiado pendientes las unas de las otras, de a ver cuál de las amigas está más delgada, cual tiene mejor la piel o cual de todas tiene mejor pelo. Son cosas importantes, naturalmente, pero creedme si os digo que no son definitivas. Es más, nosotros a esos aspectos les damos una importancia bastante relativa.

NURIA: Es posible que esta mañana no estés demasiado inspirado, pero no termino de entender por dónde vas. ¿Estás diciendo que a vosotros os da igual nuestro aspecto físico?

J: No estoy diciendo eso en absoluto. Naturalmente que nos importa el físico de una mujer, pero no siempre coincide con vuestros parámetros. Por ejemplo, a nosotros no siempre nos gusta la más delgada, posiblemente casi nunca nos gusta más la más delgada. Tampoco, te informo, estamos tan pendientes de una arruga más o menos. Esas cosas no forman parte de nuestra prioridades a la hora de que nos atraiga una mujer, créeme.

N: Pues me cuesta creerte, la verdad. A vosotros os gustan las mujeres guapas, delgadas y jóvenes. Me parece que hoy vas de “pose”.

J: No es verdad. Por supuesto que nos gustan las mujeres guapas, lo único que reflejo es que hay mujeres guapísimas, reclamos publicitarios para vosotras, que sin embargo a la mayoría de hombres no nos “ponen” nada. Hay mujeres que para vosotras son referentes de belleza y a nosotros nos dan bastante igual.

N: Bueno, eso puede ser verdad, también les pasa a los hombres. Los hay más atractivos que guapos y al revés.

J: Lo que ocurre es que a vosotras os obsesionan más que a nosotros algunos aspectos como por ejemplo, perdona que insista por tercera vez, la delgadez. Le dais un valor que no tiene. Hay culos rellenitos que son inmejorables.

N: Vosotros también os obsesionáis con cosas que a nosotras nos dan igual, como los musculitos por ejemplo. A mí no me gustan nada los cuerpos de gimnasio.

J: Yo creo que nosotros no entramos en tanta competición entre nosotros. Vosotras sois más dañinas para vosotras.

N: Estabas tardando mucho en sacar los tópicos… Y permíteme que me ría en eso de que vosotros no entráis en competición. Sobre todo con lo del tamaño.

J: Es que a vosotras eso sí os importa.

N: Sí nos importa, pero tampoco lo es todo. Algunos parece que por tener ahí lo que tienen, ¡ejem!, ya no tienen nada más que hacer y eso tampoco es.

J: ¿Entonces el tamaño es o no es importante para vosotras?

N: Sí, el tamaño es importante para nosotras, pero me parece que lo es mucho más para vosotros.

J: Más o menos era eso lo que yo quería decir al empezar este post, que a veces unos y otras estamos un poco despistados con lo que realmente le gusta o le importa al otro sexo… El ejemplo más descriptivo sobre esto es que vosotras podéis renunciar a iros con alguien a la cama si no tenéis las piernas perfectamente depiladas.

N: ¡… antes muerta!

J: O si la ropa interior no es bonita.

N: Naturalmente que no.

J: Ves, pues eso a nosotros nos da igual. No digo que haya una mata de pelo o que estén las bragas rotas, pero para nosotros no son detalles tan definitivos.

N: Lo que no entiendes es que nuestro objetivo no es gustaros a vosotros, sino a nosotras mismas. Puede que a ti te de igual si ella está recién depilada o si tiene un conjunto bonito, pero a ella seguro que no le da igual. Eso es lo importante.

J: ¿Y tú ahora cómo estás?

N: ¿De qué?

J: De depilada. Es que…

N: Anda, anda. Cállate y manda el post de una vez.

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